Franklin Pezzuti Dyer


Filosofía personal sobre la tecnología

Me encuentro rodeado por aparatos inteligentes, dispositivos hablantes, y criados robóticos cuyo solo propósito es facilitar mis acciones cotidianas. Si quiero saber si va a llover mañana, puedo encontrar instantáneamente, con la ayuda fiel del internet, prognósticos del tiempo para el próximo día, y aún para la próxima semana, los porcentajes de probabilidad, un mapa interactiva que demuestra todos los nubarrónes en el país, y mucho más. En un capricho, puedo pedir cualquier libro, juguete, o mueble en linea, y hacer que me lo repartan en días. Si se me da la gana, puedo conectarme con un viejo amigo en el otro lado del mundo con quien no he interactuado desde hace años, y aun ver su cara en tiempo real. Y debido al desarrollo de dispositivos que entienden mis pedidas orales, como “Amazon Echo,” puedo hacer todo esto sin moverme un dedo siquiera. En teoría, nunca tendría que visitar a mis amigos ni mi familia, asistir a la escuela, o ir de compras; en el futuro cercano, aun podría evitar la tarea de manejar en coche con la ayuda de un coche autoconducido.

Cada año - de hecho, cada día - se estrenan miles de productos y apps, cada uno de los cuales podrían ser tan revolucionario como la magia del fuego para los cavernícolas. El fuego les dejaba cocinar la carne y calentarse en el invierno, poderes previamente inconcebibles, y no sabemos los poderes mágicos que la tecnología del futuro nos dará. En la mayoría, hemos aceptado inovaciones nuevas, abiertos los brazos. Es seguro que vamos a seguir extiéndoles la bienvenida.

Sin embargo, como el fuego, la tecnología puede quemar. Si confio en un buen amigo mis secretos personales y se los revelo estúpidamente con un mensaje electrónico, siempre tendrá una copia permanente de ellos para chantajearme si le dan las ganas. Si descargo en mi dispositivo el programa equivocado, conquistará mi dispositivo una tropa de programas maliciosos. Si me vuelvo aburrido con mis quehaceres y me pongo a navegar el internet aleatoriamente, malgastaré mucho tiempo procrastinando. Si tengo un hijo y le doy un canguro digital para ocuparlo, pasará horas tras horas frente la pantalla, y eventualmente se topará con algo vulgar, violento, o pornográfico. Y si me enamoro demasiado con mi propio dispositivo, voy a quedar sentado en un sillón, siguiendo mis caprichos, volviéndome cada vez más gordo, sucio, e insaludable, hasta que el carne se derrite de mis huesos y la unica cosa que permanece es una calavera illuminada por una pantalla.

Entonces, ¿es mala o buena la tecnología? No hay una respusta correcta; como he demostrado arriba, la tecnología trae ventajas y peligros ambos. Para tener una relación saludable con ella, uno tiene que encontrar una punta media; uno no haría malabarismos con cuchillas (a menos que sea talentosísimo), pero tampoco prescindiría de las cuchillas totalmente para la seguridad. Uso un paradigma sencilla para prevenir que mis usos de la tecnología acaben en desastre, y este paradigma se compone de dos reglas.

Primero, como cuando uso cualquiera otra herramienta, me aseguro tener un propósito claro. Como uso una cuchilla para cortar la comida y uso una bicicleta para viajar rápidamente sobre mi barrio, uso mi computadora para completar mi tarea y ayudarme con mis estudios. Cuando estoy cortando la comida con una cuchilla, no empiezo a tirar cuchillas espontáneamente por capricho. Análogamente, cuando estoy escribiendo un ensayo en mi computadora, no me rindo a la tentación de salir del editor de textos y buscar fotos de gatitos en el internet. Solamente asegurarme de que tengo un propósito al encender un dispositivo previene mucha pérdida de tiempo; mucha gente recoge el teléfono habitualmente al arranque de aburrimiento o al recibir un mensaje, y acaban malgastando horas tras horas mirando anuncios, fotos de bebes, y otra basura.

No es que yo nunca mire a la televisión, disfrute de una película, o me distraiga con un videojuego. Estos también tienen un propósito - ¡divertirme! Pero antes de perderme en diversión digital, me pongo límites para que no me desenfrene demasiado en el mundo de los lotófagos. En mi familia, no miramos televisión recreativa ni trasnochamos durante los principios de la semana, y yo no lo hago si un examen está planeado para el día próximo. No miro al TV cable, donde los programas se desdibujan en un gran vómito perpetuo de anuncios y porquerías, y cuando miro un programa usando un proveedor independiente (como Netflix), vigilo cuidadosamente al terminar un episodio para que el siguiente no empiece automáticamente para que la noche de diversión no se convierte en un maratón desaforado. En suma, la primera regla me exige comer los vegetales, dejar las rosquillas, y resistir la tentación de comer “solo una papita más.”

Segundo, trato de entender bien la tecnología que uso antes de usarla, y aprender de mis propias experiencias y las de otras personas. No daría una cuchilla a un niño sin enseñarle como usarla primero, pero aun entonces no le dejaría usarla sin supervisión; tampoco le daría un teléfono sin instrucciones y restricciones, aunque el peligro inmediato de un teléfono es mucho menos grave. Aunque sé que no puedo entender con todo detalle el funcionamiento de una computadora o el internet, sé bastante para tener una intuición que separa fuentes desconfiables de los confiables y programas nocivos de los benignos. La enseñanza necesaria para formar esta intuición viene de padres, profes, y desafortunadamente, mis propios fracasos.

Hay una tercera regla mucho más general que se aplica no solo a la tecnología, sino también a cualquiera regla autoimpuesta que me pongo. Yo y otros humanos tendemos a perder lentamente la fuerza de voluntad con el paso de tiempo (para ver este fenómeno de primera mano, observa la población del gimnasio durante la primera semana de enero, y vuelve a observarla un mes después). Para combatir la desviación gradual, tengo el hábito de pensar en mi comportamiento cada dos o tres días como si fuera un evaluador externo; esto me ayuda a reconocer cuando estoy rompiendo mis propias reglas y poner esfuerzo apropiado para arreglar la situación.

Las primeras dos reglas me ayudan evitar abusar de la tecnología, mientras que la tercera me ayuda seguir mis reglas autoimpuestas. Aunque uno podría zafarse de las consequencias de usar la tecnología irresponsablemente hasta cierto punto, eso no sería posible eventualmente, debido a que la tecnología se aparece en cada vez más aspectos de la vida. Enconces, mientras más crece el rol de la tecnología en la vida cotidiana, más crece la utilidad de estas reglas.

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