Franklin Pezzuti Dyer


Reseña de la película "Columbus"

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Hace algunas semanas miré la película “Columbus,” y ya me di cuenta desde la primera vista que aborda algunos temas filosóficos muy profundos, aunque a principios solo había formado unas ideas nubladas. Todas las conversaciones y las escenas arquitecturales dejan algo inexpresado, tanto que la omisión es obvia, pero descifrar lo omitido requiere un poco de desentrañar (y, para mí, una segunda vista de la pelí). En esta entrada me pongo a analizar los recursos artísticos y temas principales de “Columbus,” y explicar por qué me gusta tanto que me ha merecido verla dos veces (y una tercera vez aún, porque también he eligido esta película para mirar y tratar en mi club de filosofía).

Cuando escribo sobre las películas, suelo avisar a principios que la entrada contiene destripes, y que el lector debe mirar la película antes de seguir leyendo, pero no es necesario para esta entrada. No hay giros inesperados en “Columbus,” y debido a que el valor principal de la película consiste en la estética de la cinematografía y las pláticas entre los personajes, no se puede disfrutar del argumento leyéndolo. Tomando en cuenta que la mayoría de las escenas son conversaciones casuales entre dos personajes o imágenes estáticas de edificios, céspedes y calles, y que la película no involucra acción, suspenso, o peligro alguno, yo quedé sorprendentemente absorto al mirarlo. Todas las fotos son estéticamente híperagradables: los colores son particularmente vívidos, los bordes y las esquinas de los edificios son placenteramente paralelos, y el adorno (y aún la banda sonora) es muy minimalista (aún los personajes son bastante fotogénicos). Instila en la audiencia la misma adoración hacia la arquitectura que los protagonistas poseen, y como resultado nos deja empatizar mejor con ellos.

En la primera escena, observamos a Casey fumar un cigarillo fuera de la biblioteca y ensayar como guía turística una descripción de una iglesia en el fondo en la forma de una gran cubo marrón y cuadriculado. Una cruz blanca queda un poco descentrada en la pared, y Casey explica lentamente que el arquitécto la había diseñado a ser “asimétrico pero equilibrado.” Este “equilibrio asimétrico” es un recurso que aparece a lo largo de la película, no sólo en la fotografía, sino también en los personajes. La amistad entre Casey y Jin, el eje en torno a que todo el argumento gira, exhibe una cierta antisimetría. Jin es varón y Casey hembra. Jin entra en Columbus a principios, y Casey sale al final. Jin odia a la arquitectura (pues, lo dice, pero ¿realmente la odia?) y Casey se solaza con ella.

Las relaciones entre los personajes principales exhiben simetrías más complejas. Por ejemplo, la melancolía de Casey y la de Jin tienen causas analógas pero opuestas. Casey se encuentra alienada de su madre porque ella no aprecia la estética y tiene sus pies tal vez demasiado firmemente en la tierra. Vemos pistas de esto cuando desprieca a la tentativa de Casey de cocinar sopa “con sutileza,” cuando Casey describa su adicción a “meth y shitheads,” y aún cuando vislumbramos su trabajo en la fábrica de cajas de cartón (su empleo introduce una ironía interesante - Casey anda por el pueblo mirando a edificios, pero su madre no ve más que cajas). Por el otro lado, Jin ha perdido su padre en las nubes estrafalarias del arte. Lamenta que lo académico no le dejaba tiempo para pasar con su hijo, finge odiar la arquitectura porque su padre estaba obsesionado con ella, y se queja de la jerigonza quasiprofunda indescifrable que llena las hojas de sus cuadernos. Su padre es tan distante que nosotros en la audiencia aún nunca vemos su cara. También tienen Casey y Jin reacciones opuestas a su alejamiento: Casey quiere preservar la relación con su madre en contra de su curiosidad escolar, pero Jin trata de cortar todos sus lazos emocionales con su padre.

Una pregunta que merodea detrás de todos los edificios bellísimos y que flota nubladamente por el aire sin estar explícitamente tratada es “¿cómo debe ser la relación entre el individuo y su ambiente, o el individuo y el arte?” El modernismo, un movimiento artístico y filosófico que sí aparece explícitamente durante la película, aborda esta pregunta. Se brotó como una reacción en contra del diseño pragmático, científico, e industrial. Rechaza lo útil pero feo (como el interior de la fábrica de cajas de cartón), pero también rechaza lo superficialmente adornado (como el hotel en que Jin vive), y en su lugar promueve diseño minimalista e introspección estética. Trata de hacer el arte más acesible incorporándolo en lo cotidiano - razón por la cual los arquitectos como Saarinen diseñaron edificios para espacios comunes como iglesias y bancos. Pero en Columbus, no parece que las metas del modernismo tuvieran éxito. Casey menciona a principios que la mayoría de la gente que vive allí apenas nota la arquitectura extraordinaria del pueblo. Irónicamente, un flujo de turistas pasa constantemente por Columbus, pero los guías los entretienen con chismes de trivia que no les ayudan a formar una conexión personal con el arte. Aún Casey, para quien los edificios son casi como amigos, recurre a la misma perorata con Jin hasta que él la desafía a explicarle qué la mueva realmente sobre el diseño del banco.

Creo que Columbus propone una relación más equilibrada entre el individuo y el arte, que no necesariamente involucra tragar datos curiosos históricos a patadas. La película nos muestra que aunque la vida de la madre de Casey sea un poco demasiado insulso e inculto, tampoco vale sepultarse en el mundo esotérico de la teoría del arte como el padre de Jin (eso me recuerda de un libro llamado “El juego de los abalorios,” sobre el cual ya he escrito otra entrada). Casey y Jin juntos desarrollan una manera ideal de conectar con la arquitectura: la usan para paliar transitoriamente sus preocupaciones cotidianas y disfrutan de unos momentos de apreciación estética pura sin perderse en ella. Para ellos, el arte no es una obsesión estrafalaria ni un adorno insignificante. Participan con moderación pero también con intensidad, sin ser distraídos por detalles superficiales.

“Columbus” también lleva un tema significante que pertenece al índole de la amistad. Una ironía trágica es que Casey y Jin, después de pasar solamente unas semanas juntos, traban una amistad más rica que las que ambos personas tienen con sus propios padres. De hecho, esta amistad es tan profunda que desde su principio, Casey y Jin pueden gozar un momento tan íntimo que aún nosotros en la audiencia no podemos oír (cuando Casey explica su pasión por el banco modernisto). Cada otra relación en la película - entre Casey y su madre, Jin y su padre, Jin y Eleanor, Casey y su vieja amiga, Casey y Gabe - están plagadas por comunicación indirecta, malentendido e insinceridad. Por ejemplo, la vieja amiga de Casey trata de tentarla a salir de Columbus contándole de los chicos interesantes de Amsterdam, pero eso revela que ella (a pesar de compararse a su hermana) la entiende mal, porque nosotros en la audiencia sabemos después de observarla por solamente una hora que los chicos no son lo que a Casey más le interesa. Y aunque Casey y su madre se aman la una a la otra, sus interacciones principales consisten en sacar la basura, cocinar, y comer juntos, y la madre de Casey aún la decepciona para reunirse con un novio secreto. A diferencia, la amistad entre Casey y Jin prescinde de amabilidades vacuas y ellos aún se desafían el uno al otro a comunicar sin fachadas falsas, desembocando en una relación más significativa (si también más probable de sacar a temas más espinosos y privados). Me recuerda de otra película buenísima llamada “Lost in Translation,” en la cual dos extranjeros (Bill Murray y Scarlett Johannsen), un envejecido estrella de cine y una chica recién casada con muy poco en común, traban una amistad basada puramente en sus charlas sinceras y sus excursiones juntos en Tokyo. Ambas películas parecen sugerir que el tiempo juntos, los lazos familiares, y hasta los intereses comunes no bastan para formar una amistad significativa, sino la sinceridad desinhibida.

Una cosa más: a veces, una película o un libro me hace acordar que el mundo está lleno de delietes estéticas que se empieza a ignorar al acostumbrarse a ellos (“Lost in Translation” me dio este sentimiento, y también un libro llamado “Mr. Palomar” por Italo Calvio que todavía estoy leyendo). Recordatorios como esos son muy útiles para darse cuenta de que se pasa por alto muchas cosas de gran belleza diariamente, y que hay que estar atento para no dejarlas escapar no apreciadas.

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