Franklin Pezzuti Dyer


Pensamientos sobre la Tecnología

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Tecnologías magníficamente útiles y poderosos están disponibles para facilitarnos la vida cotidiana. Sin embargo, sus poderes no se alinean naturalmente con nuestros beneficios, y leemos cada día sobre varios abusos y consecuencias inesperadas: los coches nos hacen gordos y perezosos, la televisión nos hace estúpidos, y las redes sociales nos distraen y deprimen. Los milagros y los desastres que impulsan nuestras invenciones sugieren que lograr una relacion más saludable y equilibrada con nuestra tecnología será uno de los desafíos claves de esta edad digital. A pesar de no tener bastante información ni experiencia para proponer soluciones a problemas grandes como el cambio climático y la desinformación, sí puedo compartir un paradigma que me ayuda a gestionar mi relación personal con la tecnología.

La tecnología, sobre todo, tiene propósito pragmático. Cada máquina fue creado para cumplir una meta, ya sea facilitar alguna tarea difícil o hacernos más cómodos y contentos. Así que, a mi parecer, uno debe aprovecharla si beneficiaría de sus servicios y dejarla si no. Pero el asunto se complica después de que una tecnología se incorpore en una cultura. Entonces empieza a asumir otros papeles de índole cultural o simbólico y no pragmático. A veces aún se usa la tecnología no como un medio para un fin, sino como un fin en sí.

Cuento un ejemplo personal. Al alcanzar 16 años de edad, adquirí una licencia para conducir, y me enfrenté a la decision de comprarme un coche (o sea, tratar de convencerles a mis padres de comprarme un coche) o no. Los costos de manejar son altos: aparte del costo monetario, tendría que mantener el coche y comprar gasolina, y arriesgarme a un accidente costoso con cada viaje. Por otro lado, no aprovecharía sus ventajas tanto, porque a todos los lugares que necesito viajar rutinariamente puedo llegar fácilmente en bici, y aún con el beneficio adicional de hacer más ejercicio. Por eso no tengo coche. No me fue una decisión difícil. Claramente no hubiera valido la pena.

Mis abuelos me preguntan frecuentemente cuándo pienso comprar un coche (y la respuesta es siempre “jamás en el futuro próximo”). Para ellos, no importa el hecho de que mi bici basta para llevarme a donde quiero ir. El coche se ha vuelto un símbolo estadounidense de la mayoría de edad y la independencia, no solo una herramienta para viajar. Es algo que todos los adolescentes deben tener. Si bien el valor simbólico del auto es un aspecto importante de mi cultura, para mí no merecería gastar miles de dolares para gozar nada más que un sentimiento de madurez.

Bueno, no es que soy un cavernícola o en contra de la tecnología por lo general (como varios pares míos han asumido, sabiendo que no tengo coche). Me gusta mirar a la televisión, uso una computadora, y de hecho mantengo mi propio blog en el cual esta entrada aparece. Pero la gestión de mi relación con la tecnología no consiste solo en elegir cuáles debo usar y de las cuáles debo prescindir. Aún los aparatos cuyos beneficios sobrepasan sus costos tienen desventajas. En mi computadora, me distraen el correo electrónico, el mensajero, y el oceano vasto de contenido entretenido que llamamos el internet, y la pantalla brilla me puede lastimar los ojos e impedir que me duerma. Así que solamente uso el mensajero para comunicar con mis padres para que mis amigos no me distraigan, tengo límites de tiempo en los sitios de web que me distraen más, suelo mirar mi pantalla con muy poco resplandor y en blanco y negro, y siempre apago el aparato por completo antés de las 10 por la noche. Se puede eliminar o minimizar muchas desventajas a través de la autorestricción.

La consecuencia de no imponer tales límites y perder vista del propósito de una tecnología es el deslizamiento paulatino en abusos o hábitos nocivos. Muchos pares míos de la escuela dicen que sus padres les compraron teléfonos para poder comunicar con ellos durante el día escolar, pero muy pocas veces se ve los aparatos usados así. En vez de esto, se los usan para navegar las redes sociales y el internet o jugar videojuegos aún durante las clases. Sin las restricciones en mi computadora, probablemente deslizaría yo en tales comportamientos (pues, seguramente lo hacía antes de que las tenía). No es que nunca gozo de un videojuego o un paseo sin dirección por el laberinto del internet, pero debido a los límites no lo hago en exceso.

Reconozco también que apegarse a reglas estrictas puede ser demasiado inflexible, y que a veces vale cambiarlas. Por ejemplo, en el pasado he limitado mis correspondencias con amigos al correo electrónico porque me distrae menos que el mensajero debido a la asincronía de la comunicación. Sin embargo, cuando creé un club de filosofía, me di cuenta de que muy pocos de mis pares chequean el correo electrónico frecuentemente, así que tendría que usar el mensajero para contactar a los miembros del club. Violé mi propia regla, y ahora uso un chat de grupo para el club. Pero no la violé por completo, porque todavía me prohibe a mensajear con mis amigos a menos que pertenezca al club, y jugueteé con los ajustos para asegurar que los mensajes del chat no me interrumpan con notificaciones.

Probablemente tendré que formar otros compromisos en el futuro. Cada vez menos personas usan el correo electrónico, y en la universidad tal vez tendré que decidir si seguir prohibiéndome a mensajear con los amigos a costo de desconvenirles a todos haciéndoles enviarme solo emails. Y cuando entro en el mercado de trabajo, tal vez será ventajoso ser más activo en las redes sociales (como LinkedIn, por lo menos) para que mis empleadores potenciales encuentren alguna huella cuando me buscan en el internet.

Sintetizaría mi paradigma en tres consejos:

  1. Sopesa los costos y beneficios pragmáticos de cada tecnología nueva al decidir si usarlo o no

  2. Reconoce las desventajas y tentaciones de cada tecología que usas y busca maneras de limitarlas de antemano

  3. Reevalua cuidadosamente las reglas autoimpuestas de vez en cuando, o cuando parecen demasiadas restrictivas (o demasiadas flojas)

Hay una idea más que quiero abordar, aunque es más bien una especulación, y si es un problema veraz no puedo proponer una solución. En el libro Sapiens, el autor Yuval Noah Harari describe cómo la revolución agrícola, aunque fue la fuente de una tecnología magnífica, causó uno de los declives peores en la calidad de vida humana. A lo largo de generaciones, los humanos dependieron cada vez más en las plantas cereales porque cada vez que idearon una manera de cultivarlas más efectivamente, pensaron que su inovación crearía un superávit, pero en la realidad simplemente creció la población hasta que el sobrante desapareció. No pudieron volver al estilo de vida viejo de cazadores-recolectadores, porque ya tenían tantos hijos que sólo una cosecha grande de cereales los podían alimentar. La vida del nuevo campesino fue horrible: cumplían tareas físicas agotadoras diariamente y padecían de enfermedades que brotaron de la dieta menos variada, por no hablar de la incidencia aumentada de enfermedades contagiosas que prosperaban en las poblaciones concentradas. Fue una trampa que si bien resultó en una calidad de vida mejor para nosotros miles de años después, a corto plazo causó mucho sufrimiento.

Me pregunto si algo semejante pasa con nuestra tecnología hoy día. Creamos máquinas y estrategias para que hagamos el trabajo más eficientemente pensando que nos dejaría más tiempo de ocio, pero simplemente subimos el listón y no podemos volver a la vida vieja menos productiva y menos conectada. Seguramente no tendremos que cumplir tareas físicas matadoras ni adoleceremos más de enfermedades patógenas, pero se estrenan ya en las noticias ejemplos de problemas emocionales y de salud que aparecieron a causa de nuevas tecnologías. No sé si esto está pasando, y no sabría como combatirlo si es. Lo único que yo puedo hacer hasta ahora es tratar de aprovechar de la tecnología y minimizar sus externalidades en mi propia vida.

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